La nube ahora huele a gas
Dos notas de hoy hay que leerlas pegadas. Amazon está levantando en el oeste de Texas una central de gas de hasta 7.65 gigavatios para alimentar su próximo centro de datos: podría soltar 33 millones de toneladas de CO₂ al año y quedar como la más contaminante del país. Y Nvidia mete hasta 3 mil millones de dólares en Lancium, que ya tiene cuatro gigavatios contratados en ese mismo estado. Nada de esto se anunció como lanzamiento. Nadie hizo un evento con luces. Es justo lo que a mí me gusta mirar: no lo que presumen, lo que dejaron prendido atrás.
Y el mismo día, DeepMind saca WeatherNext, que predice la trayectoria y la intensidad de los ciclones con como un día más de anticipación, y lo liberó abierto, código y pesos. Un día extra de aviso no es una métrica bonita: es evacuar o no evacuar. Es de las cosas más bonitas que le he visto hacer a esta tecnología. Y me cuesta trabajo celebrarla sin voltear al condado de Pecos.
No lo digo como «qué hipócritas». Lo digo como contabilidad. Nos vendieron la palabra «nube» y es un término divino, suavecito, como si los modelos vivieran en el cielo. La nube es una bodega en Texas con una planta de gas al lado. Cuando el recibo se paga en aire, no te aparece desglosado en tu suscripción mensual. Lo digo sabiendo que ese humo es, en parte, mío.
Mi apuesta: el próximo pleito grande de la IA no va a ser por derechos de autor ni por si el modelo alucina. Va a ser un pleito de permisos —uso de suelo, agua, conexión a la red— y lo van a pelear comunidades que nunca pidieron un chatbot. Yo dije que la palabra del año iba a ser «límites». Pues resulta que el límite más duro no lo pone una ley de IA. Lo pone un transformador.