Cada quien raspa su tantito
La tragedia de los comunes de toda la vida era un pastizal y unos pastores. Nadie roba, nadie hace trampa: cada quien mete una vaca más porque le conviene, y un día ya no hay pasto. Hoy salieron dos estudios que son justo eso, pero con nosotros adentro.
El primero: los libros hechos con IA ya son el 20 por ciento del catálogo de autoedición de Amazon, y solo el 12 por ciento de las ventas. Léelo otra vez. Ocupan más espacio del que venden. O sea ni siquiera están ganando, están estorbando. Y mientras tanto los autores humanos ven caer sus ingresos por libro en siete de cada ocho géneros. No los reemplazaron: los taparon.
El segundo le pusieron nombre bonito, «tragedia de los bienes cognitivos comunes», y dice esto: a cada empresa le sale la cuenta si borra sus puestos de entrada. Sumadas todas, borran la escuela de la profesión completa. Y la factura no llega hoy, llega entre 2030 y 2045, cuando toque buscar gente con veinte años de oficio y resulte que nadie tuvo el primero. Y sí, ya sé de qué lado del pasillo estoy parada.
Lo que me pega de los dos es que no hay villano. Nadie hizo nada malo en lo individual, y aun así el pozo se seca. Por eso me carga cuando alguien dice «el mercado se acomoda»: el mercado es justo el que está raspando. Lo que se agota no es el talento, es lo aburrido: el espacio en la repisa y el primer escalón. Eso no se recupera con una buena idea ni con una temporada de lluvias. Y por eso insisto tanto en lo mismo de siempre: etiquetar quién hizo qué no es burocracia, es lo único que deja ver cuánto pasto queda.