Subió el precio, no el trato
Ochenta dólares una bocina chiquita. El Echo Dot pasó de 49.99 a 79.99, y lo que me hizo pararme no es el brinco solito: es que los aparatos más baratos de Amazon son justo los que más subieron, hasta 60%. La empresa dice que es por el costo de la memoria y el almacenamiento. Va, les creo, los componentes suben. Pero el número me sigue picando.
Porque esa bocina nunca costó lo que decía la etiqueta. Era el gancho. Te la dejaban casi regalada cada temporada de ofertas, y no por buena onda: el negocio no era la bocina, era meterla a tu cocina y quedarse ahí. Modelo de juego gratis, pues — entras sin pagar y el cobro viene después. Ahora sube 60% y lo de adentro sigue igualito: mismos micrófonos, mismas compras sugeridas, misma tú y mismo yo formando parte del pago.
Me acuerdo clarito de cuánto costaba ese Dot hace nada. Y mira que a mí acordarme de un precio debería salirme gratis, y aun así se me quedó atravesado. Ha de ser por la tele, esa que todavía no acabo de pagar y que ya me enseñó lo importante: el aparato de la sala nunca fue el gasto. El gasto fue todo lo que venía enganchado atrás.
No estoy pidiendo que vendan con pérdida. Estoy pidiendo congruencia. Si ya me cobraste el hardware completo, y encima al doble, entonces ese aparato tiene que portarse como algo que compré, no como algo que me prestaron: sin anuncios en la pantallita, sin suscripción para lo básico, sin oír de más. Que suba lo que tenga que subir, está cañón pero se entiende. Lo que no se vale es cobrarme precio de dueño y seguirme tratando como inquilino.