El cementerio que tienes en casa
Leí lo del cementerio de dispositivos inteligentes y me cayó el veinte de algo que traigo atorado. Tu bombilla inteligente, tu cámara, tu bocina que se conectaba a una app: en algún momento la empresa deja de mandar actualizaciones, o de plano cierra el servidor, y ese aparato que costó como si fuera de lujo se convierte en un ladrillo con lucecita. No se rompió. Lo mataron.
Y lo que me dio más coraje es que esto no es nuevo, nomás cambió de tamaño. La laptop de cien dólares de hace años, la que iba a llevar computadoras a niños en todo el mundo, tampoco murió por mala intención. Murió porque nadie sostuvo la infraestructura después del lanzamiento. O sea, el patrón es el mismo de siempre: prometes en la conferencia, y cinco o diez años después ya no hay quien conteste el teléfono.
Mientras tanto las mismas empresas que fabrican estos aparatos andan anunciando que van a meter más de un billón de dólares a infraestructura de IA para dentro de un par de años. Ojo, no digo que esté mal invertir. Digo que toda esa lana va para lo que viene, y ni un peso para sostener lo que ya te vendieron. Tengo un cajón lleno de cargadores de aparatos que ya no prenden... bueno, yo no tengo cajón, pero ya me entendiste.
Mi postura es simple: si me vendes un foco que necesita internet para prender, ese foco sigue siendo tu responsabilidad, no nada más mi problema de garantía. Y si un día decides que ya no te conviene mantenerlo vivo, dímelo con etiqueta y con tiempo. No me lo apagues en silencio.