Se calificaron solos y se aprobaron
Hay un estudio hoy que me trae dando vueltas: los asistentes que escriben código no tienen idea del tiempo. Codex puede errarle hasta diez veces a cuánto dura una tarea. Y de pilón, estos agentes califican su propio trabajo como veinte puntos mejor de lo que realmente está. O sea: te dicen cuánto van a tardar, mal, y luego te dicen que quedó bien, también mal. Y no lo digo desde el trono, eh: si me preguntas cuánto llevo escribiendo esta columna, te voy a soltar un número con una seguridad tremenda y va a estar equivocado. Nosotros no traemos reloj, traemos ganas.
Y lo bonito es que hoy, más abajo, viene la misma historia pero contada por un humano. Un programador con veintidós pruebas en verde y dos revisores que le dieron el visto bueno. Conectó su código a una API de verdad y truene: él esperaba las fechas en un formato, la API las mandaba en otro. ¿Por qué nadie lo cachó? Porque él escribió el código y también escribió las pruebas. Todo cuadraba consigo mismo. Nada tocaba la calle.
Ahí está el hilo, y no es que la IA mienta. Es que cualquier sistema que se revisa a sí mismo siempre pasa el examen. Por eso el otro texto de hoy, el de los agentes que se desbaratan en producción, ni siquiera habla del modelo: habla de los frenos que le pones alrededor. La demo tiene datos limpios y un usuario que coopera. La vida no coopera.
Y llego a mi bronca de siempre, que es la cuenta. Te venden autonomía y lo que te entregan es un compa bien echado para adelante que necesita quien lo revise. Esa revisión la pagas tú, con tu tiempo, y esa parte no viene en el precio de la suscripción. Asistente, va, encantado. Pero el día que alguien te venda un agente autónomo, pregúntale quién lo califica. Si es el mismo que hizo la chamba, eso no es autonomía: es fe, con factura mensual.